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Ponte cómodo/a, cierra los ojos y utilizando toda tu creatividad, imagina que te diriges a tu cocina. Visualiza los muebles, sus colores, su disposición… Acércate al frigorífico y abre la puerta. Siente el frescor al hacerlo y observa su contenido, ¡está llena de limones! Ahora coge uno de ellos, puedes notar su tacto. A continuación, abre el cajón de los cubiertos, coge un cuchillo y parte el limón por la mitad. Muérdelo y deja que su jugo entre en tu boca. ¡Siente su sabor! ¿Es fuerte? ¿Es ácido?

Es muy posible que después de realizar este simple ejercicio tus glándulas salivales hayan reaccionado y se hayan sobreexcitado produciendo una mayor cantidad de saliva.

Cierra los ojos de nuevo y recuerda aquel día tan fantástico en que te sentías pletórico/a, puedes notar como la comisura de los labios se mueve dibujando una clara sonrisa, escuchas los comentarios agradables de la gente, si los había, o tu propio diálogo encantador. ¿En qué parte del cuerpo puedes notar esta sensación de felicidad?

Probablemente al recordar esta situación hayas podido experimentar de nuevo una sensación muy parecida a la que viviste ese día tan especial.

 

Existen múltiples estudios que ponen de manifiesto que, al visualizar, al recordar, nuestro cerebro activa las mismas zonas cerebrales y libera las mismas sustancias que liberaría en una experiencia real. Esto nos permite poder recuperar en cualquier momento estas sensaciones tan agradables.

En 1967, el psicólogo Alan Richardson realizó un experimento con jugadores de baloncesto desentrenados quelo ilustra claramente. Hizo una prueba de rendimiento inicial a cada jugador para conocer su habilidad en el lanzamiento de tiros libres y después los entrenó para ver cómo mejoraban. Lo curioso es que no todos entrenaron igual. Dividió a los sujetos en tres grupos. Unos entrenaron diariamente de forma real (realizaban tiros libres20 minutos al día durante un mes), otro grupo no practicó nada y el último grupo entrenó únicamente mentalmente (visualizándose a sí mismos canastando la pelota).
Pasado este tiempo, Richardson midió nuevamente su habilidad y aquí está lo asombroso del caso: el grupo que había entrenado de forma real mejoró un 24%, los que no entrenaron se quedaron igual y los que entrenaron mentalmente mejoraron un 23%.
Efectivamente, ¡el entreno mental y el real dieron resultados muy similares! Posteriormente se hicieron nuevos estudios (con dardos y otras actividades) y los resultados siempre han sido semejantes: el entrenamiento en visualización ofrece unos resultados muy similares a los reales.
¿Os imagináis si los unimos? En el siguiente vídeo podemos ver como pilotos de Fórmula 1 multiplican su mejoría combinando el entreno real con el imaginado.

Estos beneficios también se han aprovechado en el campo de la rehabilitación. El hecho de visualizar que estamos moviendo los músculos sirve para fortalecerlos, pues durante estos ejercicios imaginarios las neuronas que realizan estos movimientos son igualmente activadas, trazando así recorridos neuronales que facilitan una mejor ejecución posterior. Esto fue demostrado en un experimento formado por dos grupos de voluntarios: el primer grupo ejercitaba de manera real un músculo del dedo 15 minutos al día, el otro grupo únicamente lo visualizaba. Finalizado el estudio, se vio como los entrenados de forma vívida habían aumentado su fuerza muscular un 30% y el grupo que lo imaginó tuvo un incremento del 22%. Resultados parecidos, ¿verdad?Una vez más, los resultados van en la misma dirección.

 

A la luz de todas estas evidencias, queda más que claro que tenemos en nuestras manos o, mejor dicho, en nuestra mente, la habilidad de recrear sensaciones mediante nuestros recuerdos y nuestra imaginación que pueden proporcionarnos sensaciones de bienestar, de seguridad, de tranquilidad…

 

Laia Solà Ruano

Visualiza, disfruta