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Vivir los momentos más oscuros con plenitud nos abre un abanico de posibilidades para crecer. Sin luchar, con aceptación y consciencia. Sentir aquello que no nos gusta, aquello que nos da miedo nos empodera delante de la vida.

Cuando nuestro cuerpo nos envía señales, lo tenemos que escuchar. Tenemos que hacer caso a su llamada. La tenemos que mimar. Los síntomas de ansiedad no son más que avisos que recibimos de nuestro propio cuerpo. Mirar hacia otro lado, distraernos sin afrontarlo, sólo hace que llame a la puerta con más fuerza. Toc, toc! Soy la ansiedad, y estoy aquí porque quiero avisarte que tu cuerpo es importante. Baja de la mente y ven conmigo.

Baja la luz, siéntate sola y estate atenta a las sensaciones que nos rodean. Abrázala, siéntela, estúdiala con detenimiento. ¿En qué parte del de mi cuerpo la siento? ¿Cómo es? ¿Qué intensidad tiene? ¿Cuánto dura? Hasta que se vaya, porque esta es la buena noticia, puede irse. Puede durar más o menos, pero cuando entramos, paradójicamente, podemos ver el final.

Y después con calma. Momento de reflexión. Ahora si podemos trabajar que cambios necesitan nuestro cuerpo, nuestra mente, nuestra vida, para que la ansiedad afloje su llamada. Pero antes la tenemos que abrazar y aceptar como parte de un proceso que es nuestro y que sólo nosotros con nuestra atención podemos vivirlo. Y como siempre extraer una pequeña y dulce experiencia positiva que aparezca después de cada momento de oscuridad vivido plenamente.

¡Hola! Soy la ansiedad.