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Comunicar cómo nos sentimos y cómo estamos facilita la relación con los demás. Cuando lo hacemos ofrecemos información que puede ayudar a las personas de nuestro alrededor a ajustar su comportamiento, facilitando así la interacción interpersonal. Es habitual que expresemos el dolor físico o emocional, de hecho hacerlo nos permite liberar una pequeña parte de este peso.

Sin embargo, cuando la queja se transforma en nuestra forma habitual de comunicarnos y de relacionarnos con nuestro entorno acontece el problema, convirtiéndose así en un vicio agotador que puede producir rechazo y hostilidad de las personas que nos rodean. En estos casos, la queja es la respuesta universal a todos sus problemas, y de forma muy automática toda incomodidad y todo contratiempo va seguido de una queja: “¡el tren llega tarde!”, “¡qué calor que hace!”, “¡cómo quema la sopa!”, “¡tengo que estudiar mucho!”, “¡cuánto trabajo que tengo!”… Y se acaba dedicando más tiempo y energía en quejarse que en buscar una vía alternativa a la situación que ha generado tanta insatisfacción.

Esta forma de actuar automatizada se convierte en un pésimo estilo de vida que nos predispone a centrarnos de forma sesgada en todo lo negativo, en todas las incomodidades que nos rodean, en todos los contratiempos que nos surgen… Minimizando y normalizando lo positivo que nos envuelve y nos sucede. Con lo que este estilo nos predispone a sentirnos más desgraciados y con menos suerte que el resto de personas, y como consecuencia a tener una mayor cantidad de emociones negativas (tristeza, ira, enfado, envidia, etc.).

Las quejas, poco a poco, giran alrededor de temas más triviales: del calor que hace en verano, del frío que hace en invierno, de lo que llueve en mayo, de los pocos programas buenos que dan en televisión, de la comida recién servida demasiado caliente, de lo cansados que estamos después de haber salido toda la noche de fiesta, etc. Si os fijáis bien, todas estas situaciones son consecuencias lógicas e invariables de una situación, consecuencias imposibles de modificar delante de las cuales lo único que podemos hacer es adaptarnos: si hace calor, me pondré manga corta; si hace frío, cogeré una bufanda; si llueve, un paraguas; si no dan nada por la tele, leeré un libro; si estoy cansado por haber salido hasta la madrugada, recordaré los buenos momentos que pasé durante la noche y sonreiré; etc.

Al principio, este tipo de conducta quejica puede despertar en los demás cierta solidaridad. Nuestros seres queridos tratarán de escucharnos y de vez en cuando nos darán algún que otro consejo, pero a corto y largo plazo esta actitud va a generar agotamiento y desgaste.

Llegados a este punto, ¿os apetece seguiros quejando? Si dejamos de quejarnos por aquello que ha dejado de funcionar, por lo que hemos perdido, por lo que nos gustaría tener y no tenemos,… Y en lugar de esto, nos fijamos más en lo que sí tenemos; está claro que disfrutaremos más, seremos más felices y viviremos más tranquilos/as.

Hoy en día existen muchas comodidades: agua corriente; luz; aire acondicionado; teléfono con miles de funciones las 24 horas del día: para comunicarnos con quien queremos, cuando queremos y de la forma que nos apetece y para distraernos con cualquier tipo de juego; tenemos calefacción; etc. A pesar de esto, el nivel de felicidad no ha subido. Estamos en el siglo XXI y los índices de depresión nunca habían sido tan elevados. De hecho, algunos estudios hablan de la depresión como la pandemia de este siglo.

En nuestra sociedad, nos hemos acostumbrado a tenerlo todo y, además, de forma inmediata. En lugar de valorar lo que tenemos, dramatizamos cuando no lo tenemos. Y esta frustración, a menudo, se convierte en una queja constante, agravando así la situación.

El resultado de la queja constante no es más que el empeoramiento de los problemas sin haber encontrado ningún otro camino, provocando una mayor ansiedad y sufrimiento. Por esto, el primer paso que debemos hacer es tomar consciencia del motivo por el cual nos quejamos, observar cómo reacciona nuestro entorno y analizar de qué forma ha cambiado la situación después de habernos lamentado. Es muy posible que el resultado sea el siguiente: misma situación, personas de alrededor agotadas y un/a servidor/a irritado/a y frustrado/a. Irritado/a por la ausencia de respuesta de los demás y frustrado/a por no haber observado ningún cambio.

Frente a este panorama, queda claro que la queja como modus vivendi es una forma insana de desarrollarnos como personas. Por esto, os animamos a que dejéis de juzgar todas estas incomodidades y contratiempos, que dejéis de castigar al otro por no haber actuado como vosotros/as esperabais o de la forma que vosotros/as pensabais que era la correcta. Luchar constantemente para cambiar situaciones (que a menudo son incambiables, como el calor en verano) es agotador, así que la mejor vía es la aceptación: aceptar que no siempre está en nuestras manos el cambio que tanto deseamos, que no siempre tenemos control sobre las personas, situaciones y hechos.

Laia Solà Ruano

El deporte de la queja