Aula Virtual

Si a una persona la echan del trabajo y está desanimada podemos pensar que el motivo es la pérdida del trabajo. Si después de tener una ruptura con nuestra pareja nos sentimos profundamente tristes, es muy posible que pensemos que es debido a este desengaño. Sin embargo, no muy lejos de nosotros, hay una persona que también ha perdido el trabajo y su sentimiento es totalmente distinto. Muy cerca, también existe una persona que ha sufrido un desengaño, pero su sentimiento no es de tristeza profunda. Incluso, en medio de un atasco por la C-58 hay dos conductores parados. Uno está muy enfado, toca el claxon sin parar y resopla constantemente. Detrás suyo, otro conductor ha aprovechado para poner su programa de radio favorito.

Con estos simples ejemplos, queda claro que la situación en sí no determina nuestra forma de sentirnos; ya que, de ser así, todas las personas se sentirían igual delante de las mismas situaciones.

¿Qué diferencia hay entre el trabajador desanimado y el otro trabajador? ¿Por qué una persona se siente profundamente triste tras una ruptura y otra persona no? ¿Cómo puede ser que dos personas en el mismo atasco respondan de forma tan distinta?

Muchos de vosotros estaréis pensando que las situaciones que rodean a estas personas pueden ser muy diferentes. No es lo mismo que te echen del trabajo por cierre de la empresa que por recortes en la plantilla, podemos pensar. Es distinto que la relación finalice cuando se lleva años de discusión y ya existe un desgaste que porque se ha conocido a otra persona; podéis argumentar. E, incluso, se puede añadir que tampoco es lo mismo estar en un atasco cuando se tiene que coger un avión que estar en él cuando nos dirigimos a visitar a un amigo.

Lógicamente, estos factores pueden modular nuestra respuesta, pero lo que verdaderamente influye en nuestro estado de ánimo es la manera que tenemos de interpretar tal situación. Lo que nosotros nos decimos acerca de lo que nos sucede determina, en gran parte, cómo nos sentimos. Y en esto sí podemos intervenir.

El discurso lo dictamos nosotros. A menudo, nos dejamos arrastrar por la situación y caemos en dramatismos: “esto es terrible”, “esto es muy injusto”, “esto es inadmisible”… Y en lugar de pensar lo que está en nuestras manos, nos centramos en lo terrible del suceso. ¡Basta ya! Esto es realmente agotador y nos aleja del afrontamiento sano.

Veámoslo más claro: nos hemos quedado tirados con el coche. Nuestro discurso puede ir en la dirección de lamentarnos (“¡qué mala pata!”, “siempre tengo mala suerte”), de culpabilizarnos (“si hubiera ido antes al mecánico”, “si no hubiera ido tan deprisa”), de pensar en futuras consecuencias negativas (“seguro que llego tarde”, “el jefe me va a despedir”). O podemos aceptar que esta es la situación y que en este momento lo único que está en nuestras manos es pensar en lo que sí podemos hacer (llamar a la grúa, avisar de que llegamos tarde…).

Fijaros que en el primer caso la persona se lamenta por temas obvios: sí es realmente una incomodidad quedarse tirado con el coche; se culpabiliza de algo que ya no puede cambiar y, además, con un tono excesivamente duro y crítico consigo mismo y piensa en consecuencias futuras que, por el momento, no se pueden saber y que, sea como sea, en aquel momento no está en sus manos cambiar.

En el segundo caso la persona acepta la situación, es consciente que no puede luchar para cambiarla, de echo esto únicamente le traería frustración y un agotamiento inútil, y en lugar de centrarse en el problema se centra en lo que sí está en sus manos. Esta persona también podría pensar en lo que ha hecho mal o lo que tendría que haber hecho, pero lo hará de forma constructiva. En lugar de decirse “tendría que haber…” se dirá: “el próximo día haré la revisión antes”, “a partir de ahora conduciré un poco más despacio”. Fijaros en que mientras la primera persona se machaca a sí misma de forma totalmente destructiva, la segunda persona aprende de lo sucedido.

¡Ojo! Tampoco se trata de convertir nuestro discurso en un <discurso de rosas> con un positivismo radical, porque todo esto no sería cierto. Si nos hemos quedado tirados con el coche y nos decimos “¡Qué bien, me siento tan feliz cuando el coche me deja tirado!” no será útil, porqué no es cierto, es un discurso totalmente falso y alejado de la realidad, y por su falta de credibilidad no nos hará sentir mejor… Se trata de dar un discurso sereno y centrado principalmente en lo que sí podemos hacer.

 

Laia Solà Ruano

Discursos que duelen